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«Honduras» por Juan Bautista Lamarche (1937)

460 palabras

Tengo, entre llamas de cielo,
duras carnes de montaña;
soy fuerte porque soy hondo;
soy hondo, pues tengo un alma.

Alma que busca ser mástil
de la altivez y la audacia,
ser cumbre de los ensueños,
ser cauce de las palabras.

Alma vibrante y sonora,
como templada guitarra,
cuyas cuerdas son los nervios,
que a veces crujen y estallan.

Alma sutil, paradójica,
contradictoria y extraña,
triste de ver horizontes
y de sondar las distancias.

Alma madura a las penas,
alma cerrada a las lágrimas,
que llora sangre si llora
en sus soledades trágicas.

Alma del hombre pequeño
que siente en sí la montaña
y que no llega a ser cumbre,
porque le faltan las alas.

Alma que va por la vida
rozando cardos y zarzas,
hollando el polvo y soñando
cosas que jamás se alcanzan.

¿Quién me ha dado esta alma fina,
melancólica y huraña?
¿Quién me la adentró en mi carne
pecadora y siempre en llamas?

Antítesis misteriosa
palpita en mí, a piedra y lava;
soy un volcán que se enciende,
soy un volcán que se apaga.

En el exterior, la nieve,
en el interior las brasas;
el misticismo que reza
y el paganismo que danza.

Así soy, con San Francisto,
la humildad, serena y mansa,
y con Pan, la alegre fiesta
y el rojo vino que embriaga.

Amo la cruz del martirio
en mi costado que sangra;
tengo abiertas en mi cuerpo
¡Divino Señor, tus llagas!

Pero soy griego, los pámpanos
ciñen mi frente; la gracia
de las ninfas me seduce;
senos róseos, piernas blancas.

Adoro a cristo en el cáliz
de la misa, en hostia intacta,
y me sublimo en las notas
del órgano que cuando canta.

Mas, grita mi sangre joven,
en viendo a Dafne que pasa,
y entre los muslos de Leda
digo mis prosas profanas.

Hombre de mi estirpe, aliento
no sé qué tristeza incaica,
que me viene de quién sabe
qué oscura fuente lejana.

Yo, morador de las islas,
siento el mar en las entrañas,
con su tremendo oleaje
y sus furiosas borrascas.

Hijo del trópico ardiente,
me estructuraron las cálidas
tierras, los tórridos soles
incuban en mí sus llamas.

Tal soy, compendio y producto
de tres signos, de dos razas:
cristianismo, pagano, indígena,
nieto de Grecia y España.

Por eso arrastro en mis cauces
un mar de crecidas aguas;
griego en la carne, español
en la mente, indio en el alma.

Por eso gozo en Dionisos,
la Cruz a gritos me llama
y el lamento de las quenas
me conmueve y me desgarra.

Cedro nacido en el fondo
de la selva americana,
tal vez sus hondas raíces
de que archipiélago arrancan.

Y así es como en un fantástico
deslumbramiento me asaltan;
el orgullo de los dioses
y la angustia de los parias.

vista desde el Pico Duarte, punto más alto de la República Dominicana y de todas las Antillas