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Traducción al inglés por Theresa Ortiz de Hadjopoulos
Mar Caribe.
Mare Nostrum.
El geológico mordisco que nos dio el Océano Atlántico;
semicírculo de agua que en América se adentra y casi casi parte en dos el continente;
lengua atlante que alongándose al oeste más allá de las Antillas forma el golfo azul de Méjico,
y se estira más abajo hasta la herida de la cuenca en
Panamá desvirginada.
Mare Nostrum.
Mar que duermes con América,
la acostada estatua inmensa de mujer,
y las ciñes,
y las arrullas en la espalda mejicana,
y la besas en el istmo la cintura,
y en las costas de Colombia y Venezuela le acaricias
la amplia nalga que se comba hacia el Atlante
desde el zarco cinturón de Panamá.
Mar que aquietas tu pupila de agua verde en que se
bañan los luceros de la noche ecuatorial.
Mar que al rubí sol del trópico,
desde el alba hasta la tarde,
lo paseas en tu bandeja de cristal,
y el espejo azul del cielo lo retrata,
y parece que está arriba navegando en el espacio
sideral.
Mar de las mil y un islas
en el haz del Archipiélago Antillano.
Mar de perlas y corales,
desde el mítico tesoro del Gran Banco de Bahama
hasta el nido madrepórico de la isla Margarita.
Mar de las mil y una perlas:
mil en la isla Margarita,
y una en Cuba,
la isla perla en la suntuosa pedrería de tu collar.
Mar que guardas,
entre cerco de huracanes,
el harén maravilloso de tus novias Islas Vírgenes
que contigo siempre duermen siempre vírgenes.
Mar Caribe:
que te sales de las sales de las olas,
y te trepas a los troncos de las palmas cocoteras
dando saltos en los micros trampolines de la
fibra vegetal,
y te subes a los opimos racimos,
y se vuelve dulce tu agua
en los cocos de agua dulce
que se mecen en la hamaca del palmar.
Mar de mundo: en el humo de los sueños del tabaco,
en la caña que en azúcar de desangra,
en el ánfora dorada de la piña,
y en la fiebre y la bohemia y la sed transnochadora
del café.
Mar de aquellos del ayer indios feroces,
los caribes,
los caníbales,
que en piraguas de a cien hombres,
asaltaban a las tribus de otras tierras,
y a los hombres y mujeres se robaban,
y al sonsón de sus areytos,
en horrendo carnaval se los comían.
Mar que incubas las nidadas donde nacen los ciclones,
tus ciclones tropicales,
de que huyen espantados los aviones y los barcos
y las águilas marinas;
tus ciclones que a las urbes estremecen,
y a las ceibas centenarias las arrancan,
y a las rocas las derrumban de sus cumbres,
y a los ríos los levantan de sus cauces;
tus ciclones que te atruenan
en tu oleaje y en tus playas,
cual si a un tiempo tus millares y millares de marinos
caracoles resonasen,
resoplados por millares y millares de tus peces,
en guazávara infernal . . .
Mar que un día, sin embargo, te dormiste como un
niño en la inocencia de la cuna, dulcemente,
y te quedaste quieto y mudo como lámpara
de aceite ante la cruz, al mirar que las tres
naos colombinas te surcaron con sus quillas
inmortales, enfiladas hacia la isla verdiazul
de Guanahaní.
Mar Caribe:
verde mar que alucinando
al hidalgo Don Juan Ponce de León,
lo llevaste con tus hombres y en sus naos,
del edén de Puerto Rico
al edén de la Florida,
tras la fuente en que él soñaba
recobrar su ya perdida juventud.
Mar que diste a los hispánicos leones
el fantástico jardín de la Española,
la Primada,
que fue cuna y madre y ubre en la conquista del
dorado continente,
y que ahora toda ella es una tumba,
isla que es Jerusalén del Nuevo Mundo,
toda ella una inmensa catedral
que custodia las reliquias de Colón.
Mar que vista a Vasco Núñez de Balboa y a sus épicos
soldados acercarse con sus naves a las costas
de la América Central;
y también los viste cuando, ellos mismos, en los
bosques panameños, trasportando una gran
carga, condujéronla en sus brazos y en sus
hombros de titanes, a la banda allá de América,
por encima de la selva tropical;
y también tus ojos vieron que la carga, ¡eran las naves!
de ese modo convertidas en aviones que
volaron de tus aguas del entonces
ignorado mar Pacífico, que Balboa, con tal
hazaña, logró así descubrir y conquistar.
Mar que guardas las cenizas más gloriosas de la
historia,
porque fue sobre ondas tuyas que se alzó la llamarada,
la incesante llamarada,
que aromó el espacio todo y alumbró la tierra toda,
cuando audaz Hernán Cortés realizó la nunca antes
ni después vista ni oída arrogancia de mandar
quemar las naves, bajo el trágico dilema de
morir o conquistar.
Mar de playas encendidas de aventuras y heroísmos:
playas tuyas de Colombia y Venezuela que ayer vieron
desbocarse hacia los Andes y los Llanos al
caballo galopante de Bolívar que aún galopa
en el escudo de su pueblo hacia la cumbre
que él escogió.
Mar de la piratería más andante,
de que cuentan las románticas historias
de corsarios y piratas
que en intrépido abordaje a puñaladas se robaban
los tesoros,
que de Méjico y de Cuba y de Centro y Sur América
hacia Europa conducían los pacíficos bajeles
trasatlánticos;
los tesoros de oro y gemas,
que enterraban en parajes misteriosos,
y que aún busca el ojo ávido
de la inquieta fantasía popular.
Mar rebelde,
de olas revolucionarias
que se alzan contra el viento en rebelión.
Mar de islas que forjaron
las más recias rebeldías coloniales:
las de Duarte y Luperón y Toussaint de Louverture
en La Española;
la que urdió Brazo de Oro con Parrilla y el Leñero
en Puerto Rico;
y la más recia de todas,
la gloriosa rebelión de los cubanos con Martí y
Máximo Gómez y Maceo, que en el cerco de
una isla, sin más arma que el machete,
combatieron al mayor de los ejércitos, que de
España al Nuevo Mundo trajo el íbero León.
Mare nostrum, mar que arengas,
con versículos encintos de futuro,
a tus islas
y a las tierras que amorosas te circundan;
y les dices:
¡Apretaos, pueblos míos ribereños,
en la próvida comuna de mis aguas;
sed en mí todos en uno;
id los unos a los otros,
en el óbolo del agro y en el óbolo fabril,
por los múltiples caminos de mi pampa de cristal;
y aprended la misma ciencia;
y cread el mismo arte;
y amasad el mismo grano;
y comed la misma sal;
y bebed la misma agua:
que mi cántaro es por leyes inmutables
vuestro cántaro inmortal!
Mar que aún sientes el dolor del coloniaje,
y colérico echas ajos de relámpagos y truenos
cuando izadas en algunas de tus islas
ves exóticas banderas pregonando
que aún no eres nuestro mar.
Pero lo eres.
Nuestro, nuestro,
desde el cráter adormido en Martinica
a la cripta en Nicaragua donde duerme el ruiseñor;
nuestro, nuestro,
en el lujo de tus noches estrelladas,
en las fuerzas de tu lluvia y tu ciclón,
en el sol que te calienta,
y en la hondura de tus aguas donde manda tu pez rey
el tiburón;
y lo eres, en los cables invisibles de tu trópico de
Cáncer, con que amarras, de la andina
cordillera, la tendida y ancha y larga cola azul
de tu mantón.
Y eres nuestro, Mare Nostrum:
porque, a todos nuestros pueblos,
para que oren por su paz y por su unión,
les ofreces el rosario de tus islas,
de que vuela en letanías la oración,
la oración que a Dios le reza el Nuevo Mundo,
prosternado ante la tumba de Colón.









