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Antillia: Leyenda Ibérica de una Isla Elísea, y Origen del Nombre «Antillas»

1,560 palabras

El nombre «Antillas», dado a nuestro gran archipiélago caribeño, proviene de la leyenda medieval Ibérica de una isla al oeste de las Azores, la llamada Antillia, también Antilia o Antylia, de etimología incierta pero que posiblemente significa «ante-isla» (en portugués ante-ilha), «isla dragón» tras el «Ŷezirat Tennyn» del árabe. Podría también venir de la Atlántida de Platón en su obra el Timeo, y esta viene siendo la etimología más antigua. Sin embargo, la propuesta etimología más reciente e interesante sería «anti-Tullia», la isla antes de «Thule» o «Tyle», una isla mítica greco-romana.

Segun la leyenda, en el año 734 cuando toda España resultó conquistada por los musulmanes de África, fue poblada la isla de Antillia por un arzobispo de Porto (Portugal), acompañado de seis obispos y otros cristianos, hombres y mujeres, que escaparon de España embarcados junto con su ganado y su propiedad. Luego de un tiempo navegando por el Atlántico, llegaron a Antillia.

Se decía que Antillia era una isla repleta de oro y otros recursos y con «muchos buenos puertos y ríos», y fué por eso que allí se fundaron las siete ciudades de Aira, Antuab, Ansalli, Ansesseli, Ansodi, Ansolli y Con, donde vivían de una forma moral y conforme a las enseñanzas cristianas. De esto viene el otro nombre de Antillia, «La Isla de las Siete Ciudades», y además es el origen de la leyenda de las Siete Ciudades de Oro, que más luego durante la colonización del nuevo mundo se le comenzó a aplicar a Centro y Sur América, cuando ya el Océano Atlántico se conocía mejor y no se había encontrado a Antillia.

Las etimologías de las siete ciudades no se conocen exactamente, pero aquí se presentan los resultados de una búsqueda preliminaria:
«Aira» podría significar «del viento», pero es más probable que venga de «ארייה» hebreo y quiera decir «leona de dios».
«Ansodi» en el galés significa «personificar», pero es dudoso que esta sea la etimología.
«Con» podrá ser simplemente lo mismo que la palabra común, pero nos está extraño eso.
De las demás ciudades, no se encontró nada en cuanto a etomología.

Se dice además que cuando llegaron a la isla, los obispos decidieron quemar los barcos con los que llegaron, para deshacerse de todo lo que había pasado y empezar desde cero.
A partir de ese momento, se dice que era imposible llegar a la isla, y que desaparece cuando marineros intentan acercarse, algo semejante al mito de la isla de «Tech Duinn», la isla de Don, el Señor de los Muertos irlandés y Padre de ese pueblo. Más aún se parece a la leyenda de la Isla Brasil, o «Hy-Brasil», isla al oeste de Irlanda siempre cubierta de neblina, menos por un día cada 7 años, y de donde proviene el nombre del actual país de la República Federativa del Brasil.

También existe el mito griego de las Islas de los Bienaventurados o Islas Afortunadas, dos islas separadas por un estrecho donde iban las almas virtuosas y gozaban de un reposo perfecto, equivalentes a los Campos Elíseos, y posiblemente precendiéndolos en la mitología griega.

Hesíodo habla sobre ellas en «Los Trabajos y los Días» (52 – 58), donde dice:

«… Zeus Crónida creó sobre la gleba nutricia aún otra [raza], la cuarta, más justa y más valiente, la raza divina de los Héroes, que llaman Semidioses, la generación que nos precedió en la infinita tierra.Y a estos los hizo morir la maldita guerra y la lucha cruel: a unos, bajo los muros de Tebas, la de Siete Puertas, en el país Cadmeo, combatiendo por los rebaños de Egipto; a los otros, más allá del gran precipicio del mar, en Troya, donde la pelea los llevó en las naves, por culpa de Helena, la de lindos rizos. Allí los envolvió la muerte en su final. A otros, Zeus Cronida y Padre los estableció lejos de los hombres, instalándolos en los confines dela tierra. Allí viven ellos, con el corazón libre de cuidados, en las Islas de los Afortunados, en los bordes del voraginoso Océano, felices héroes a quienes la fecunda tierra da tres veces al año dulce y floreciente fruto
Estela Robles Galiano – Faro Borinquen, Aguadilla, Puerto Rico

El poeta griego Píndaro realizó una extensa descripción del lugar en sus Odas olímpicas:

Cual de día, en las noches
alumbra el sol al bueno.
¡Cuán superior su vida
es a la del perverso!
Labrar no necesita
el ingrato terreno,
ni atravesar los mares
en busca de sustento.

Al lado de los dioses
que venera el Averno,
los que guardaron fieles
sus santos juramentos
sin lágrimas disfrutan
reposo sempiterno,
mientras al malo afligen
terríficos tormentos.


Y a los que por tres veces
cambiando mortal velo,
sin pecado en el mundo
y en el Orco vivieron,
de Júpiter les abre
el benigno decreto
camino de Saturno
hasta el alcázar regio.

¡Oh, cuán bella es la isla
de los santos recreo
!
La bañan perfumadas
las brisas del Océano;
brillan doradas flores,
ya sobre el verde suelo,
ya en los copudos árboles,
o ya del agua en medio.

Guirnaldas entretejen
y sartas con sus pétalos,
con que alegres circundan
frente, manos y cuello,
los bienaventurados
que a aquel paraje ameno,
de Radamanto envía
el fallo justiciero.


Saturno, que disfruta
el más sublime asiento
en Olimpo, y de Rhea
el conyugal afecto,
por asesor lo tiene;
y entrambos concedieron
estancia en aquella isla
a Cadmo y a Peleo.

Allí condujo Tetis,
ablandando con ruegos
el corazón de Jove,
a Aquiles, cuyo acero
derribó a la columna
invicta de Ilión, Héctor,
y a Cicno, y de la Aurora
al vástago moreno.

Por lo general, se vé una semejanza al mito de un lugar lejano e inaccesible, habitado por las almas de héroes y hombres virtuosos, un Paraíso.
El Paraíso Indoeuropeo está acompañado por su opuesto, un Infierno, lugar también lejano e inaccesible, poblado por las almas de la escoria de la humanidad: traicioneros, asesinos, ladrónes, y sobretodo los que actuaron en contra de la voluntad de los Dioses. En la mitología griega, a este lugar se llama Tártaro, del cual Hesíodo decía que un yunque de bronce caerá desde el cielo durante nueve días hasta alcanzar la Tierra, y que tardará nueve días más en caer desde ahí al Tártaro. Es decir, Tártaro es el polo opuesto al Paraíso, el Olimpo griego.

También se debe mencionar que Tártaro es una deidad primordial además de ser un lugar, pero este tema se tocará en una entrada futura.

Estela Robles Galiano – Selva El Yunque, Puerto Rico

También hay una semejanza con La Eneida de Virgilio; en el quinto libro de esta, luego de que los refugiados troyanos hayan viajado por el mar por un tiempo, parecen encontrar un lugar en Sicilia donde establecerse en y las mujeres intentan quemar las naves.

De wikipedia:

«Juno envía de nuevo a Iris: esta vez, para que suscite en las mujeres troyanas el deseo de no viajar más. Tomando Iris la forma de la anciana Beroe, que no ha acudido porque está enferma, se dirige a las mujeres troyanas, que han sido dejadas apartadas de los juegos, les dice que se le ha aparecido en sueños Casandra y que le ha dicho que hay que quemar las naves, pues ya se ha alcanzado el objetivo del viaje, y cumple el encargo llevando a las mujeres a quemar las naves y comenzando el incendio ella misma. Pirgo, que fue nodriza de Príamo, advierte a las otras de que Beroe no ha acudido porque está enferma, y que esta otra es muy semejante a una diosa. Al punto, la mensajera se da a conocer yéndose de allí en forma de arco iris. Las troyanas, exaltadas, toman la antorcha del altar de Neptuno y empiezan ellas a prender fuego a las embarcaciones.
Los hombres y los muchachos ven las llamas, y Ascanio, el hijo de Eneas, se acerca con su montura y consigue hacer entrar en razón y «librarse de Juno» a las incendiarias.
Eumelo avisa a Eneas, que llega rápido al lugar. Una vez allí, Eneas implora a Júpiter, y éste hace que empiece a llover.
Sólo se han perdido cuatro piezas de la flota, pero se aconseja fundar una ciudad para quienes quieran quedarse y renuncien a continuar el viaje.
Nautes, el consejero más anciano, se muestra de acuerdo.
Los troyanos fundan la ciudad para quienes no quieren proseguir el viaje, y le ponen el nombre de Acestes. Por fin, zarpan, y las mujeres, que ahora sí querrían ir, los despiden entre llantos. Una vez más, los viajeros intentan dirigirse a Italia.»

De aquí podrá venir la expresión «quemar las naves», lanzarse a algo sin la posibilidad de regresar.

J.R.R. Tolkien, «The Silmarillion» («The Burning of the Ships», el quemar los barcos)

Regresando al tema principal, vale mencionar que existe una semejanza impresionante entre Antillia y la isla de Puerto Rico si se gira 90 grados a la izquierda. ¿Querrá decir esto que la leyenda se trata simplemente de un Descubrimiento anterior al de Colón? Es posible (aunque no muy probable), pero mirando al mapa de Antillia y las 3 islas que la rodean, uno vé una mayor semejanza al archipiélago de Madeira.

Antillia (isla grande roja) con sus islas vecinas: Ymana (isla pequeña al oeste de Antillia), Satanazes (isla azul al norte) y Saya (isla roja en forma de sombrilla).
Archipiélago de Puerto Rico
Archipiélago de Maderia

Puede ser que el aspecto físico del mito se base en algún lugar así, pero ciertamente, la leyenda de Antillia tienen un significado metafísico muchísimo más importante, por lo cual estas islas y este proyecto comparten su nombre:
Antillia, isla mítica y paraíso para las almas más virtuosas y más heroicas. Tal es nuestra herencia, y nuestro deber como Antillanos de pura cepa es hacernos dignos de esa herencia.

Fuentes:

«Song of the Antilles» by Luis Lloréns Torres

1,064 words

[A (mostly) literal, line-by-line translation of the original by Ángel M.]

We are islands! Verdant islands. Emeralds
in the blue breast of the sea.
Green islands. Archipelago of fronds
in the sea that whispers to us with her waves
and laps at the roots of the palm grove.

We are old! Either fragments of the Atlante
of Plato,
or the crests of giant white coral,
or perhaps the daughters of a cyclone.
Old, old!, we are witness to the resonant epic poem
of Columbus.

We are many! Many, like the stars.
Under the sky of studded morning stars
is the calm blue sea
another sky spangled by us.
Our birds, in the high aviations of their flights,
see stars in the seas and in the skies.

We are rich! The sweet sugarcane fields
grass of our orchards,
are honeycombs
of golden honey.
The lush coffee plantations,
amorous coffee plantations,
produce abundant and fragrant grains.
For the weary traveller
the coconut palm bears shade and bread and water.
And the perfuming incense
of the home
the hypnotizing aroma
of the glowing tobacco plantation.
Other seas guard pearls in the blood of their coral cores.
Other lands give diamonds from the carbon of their mountains.
From other climates are the silks, wines and cereals.
Berlin toasts with beer. Paris toasts with champagne.
China embroiders oriental shawls
and Sevilla the folds of the cape of Don Juan.
And we?… Tabaccos and honeys
are always cramming our ships
as they go.
Honeys and smoke! Perfumed legations.
By honey and by smoke we are known in Paris and Istanbul.
With honey we brush the lips of enchanted princesses.
With smoke we penetrate the breast of the blue-bearded nobleman.
Rich, rich! The ships that departed
with the honeys, tabaccos and coffee from our mountains,
the ships brought us
the ships have now returned,
the spices and gems of the five continents of the Earth.

We are women! Strong women
in the breast and in the hips:
on the monolithic summits and on the gneissic slopes
of the velvety mountain ranges.
Pure women
in the virgin hearts
of gold of our mountains.
And women of maternal udders
on the cliffs from which burst forth fertile springs
with which the black wetnurse that is the mountain range
overflows over the hungry humus of the ground.

We are Indians! Indians brave, free, rude,
and nude,
and olive-skinned from the equatorial sun.
Indians from the indian bohío
of the shaded rose-apple grove
of the river edges
of the tropical jungle.
The Agüeybanas and Hatueyes,
the caciques, our kings,
did not cling to a crown
beyond the feathers of the golden-colored heron.
And our sweet queen Anacaona,
the poetess voice of the nightingale,
she of the lawn for sovereign rug
and for a cloak the immense canopy of the skies of gold fiber silk,
did not have an estate
beyond a hammock under the wing of a bohío
and a bohío under the wing of a bamboo.

We are beautiful! Beautiful in the light of day
and more beautiful in the night by the kiss of the moon.
We’ve all the poetry
of the skies, of the land, and of the sea;
in the skies, rose bushes flowered by the aurora
that borders the sleepy blue with crimson buds
in the concave turquoise of space that is lit and placed
as in ruby blood;
in the seas, the great emerald gem that blurs
like a sheen from the lace of foam
under the vaporous veil of the fog;
and in the forests, the rustling staves
under carnations of tropical orchids;
the rustling staves of the branches
where the thrushes sleep like notes…
All, all the beauties of the skies, land, and sea
our birds contemplate in the rapid perspectives of their flights,
our bards thread them on the string of the light of their song.

We are great! In history and in race.
In that tenuous light that upon trembling over the waves
said «land!» on the Spanish vessels.
And greater, because here
where first met
the two worlds, and the Andes
applauded
the prayer of Guanahaní.
And even greater, because it was
our forests that heard,
touched,
in the world of Columbus,
the first and last roars
of the Iberian Lion.
and even greater, because we are: on the beaches of Quisqueya,
the epic poem
of Pinzón, the golden legend of the dazzling past;
in the carmens of Cuba,
the epic poem of blood, the legend of the present
of the star in a red field over a stripe of sapphire;
and in the valleys of Borinquen,
the epic poem of omnipotent work,
the colorless legend of the future.

We are noble! The nobility of the old stately parchments:
that we’ve been resonanting through the turns of ancestral centuries,
in the classic oriental legends
and in the books of dead immortal tongues.
Our shield mounts the pearls of the pain of Jeremiah
and emeralds of the deep prophecies
of Isaiah.
Behold the winged cymbal
closer than the Ethiopian bays,
that sent to the sea on cups of trees
its legacy.
Here the world once humilliated,
whose homeric cusps
were nests of Iberian eagles
in their dreams and yearnings to fly.
Noble for being classics: prophesied of Isaiah,
of Jeremiah,
of David, of Solomon,
of Aristotle, of Seneca and Plato.
Noble for being legendary: Gothic, Carthaginian and Phoenecian,
becayse of the ships that came
from Phoenecia and from Carthage and those that fled
from the Islamic Invasion in Spain.
Noble, noble! That we come resonating
through the turns of the shining centuries,
until the most noble one of all,
until the century of race, of history,
of heroism, of faith and religion,
the greatest of the centuries,
that of America and Spain,
of Columbus and Pinzón.

We are the Antilles! Daughters of the fabulous Antilia.
The Hesperides loved by the Gods.
The Hesperides dreamt of by the heroes.
The Hesperides sung of by the bards.
The loved and dreamt and sung
by the Gods and heroes and bards
of pre-Christian Rome and mythological Greece.
When the Hispanic legions once more
fly over the land like eagles;
when America is America, that amazes
with its cities and Republics;
when Hispania is Hispania, the first
for science, for art and for industry;
when half the world is
of the strong Ibero-American race:
the Hesperides we Antilles will be,
summit and center of the language and of the race!

The Hesperides, that tend a blissful garden in a far western corner of the world, Nymphs of the Evening, Daughters of the Titan Atlas.

«Canción de las Antillas» por Luis Lloréns Torres

1,051 palabras
Traducción al inglés por Ángel M.

¡Somos islas! Islas verdes. Esmeraldas
en el pecho azul del mar.
Verdes islas. Archipiélago de frondas
en el mar que nos arrulla con sus ondas
y nos lame en las raíces del palmar.

¡Somos viejas! O fragmentos de la Atlante
de Platón,
o las crestas de madrépora gigante,
o tal vez las hijas somos de un ciclón.
¡Viejas, viejas!, presenciamos la epopeya resonante
de Colón.

¡Somos muchas! Muchas, como las estrellas.
Bajo el cielo de luceros tachonado,
es el mar azul tranquilo
otro cielo por nosotras constelado.
Nuestras aves, en las altas aviaciones de sus vuelos,
ven estrellas en los mares y en los cielos.

¡Somos ricas! Los dulces cañaverales
grama de nuestros vergeles,
son panales
de áurea miel.
Los cafetales frondosos,
amorosos,
paren granos abundantes y olorosos.
Para el cansado viajero
brinda sombra y pan y agua el cocotero.
Y es incienso perfumante
del hogar
el aroma hipnotizante
del lozano tabacar.
Otros mares guardan perlas en la sangre del coral de sus entrañas.
Otras tierras dan diamantes del carbón de sus montañas.
De otros climas son las lanas, los vinos y los cereales.
Berlín brinda con cerveza. París brinda con champán.
China borda los mantones orientales
y Sevilla los dobleces de la capa de Don Juan.
¿Y nosotras?… De tabacos y de mieles
repletos nuestros bajeles
siempre van.
¡Mieles y humo! Legaciones perfumadas.
Por la miel y por el humo nos conocen en París y en Estambul.
Con la miel rozamos labios de princesas encantadas.
Con el humo penetramos en el pecho del doncel de barba azul.
¡Ricas, ricas! Los bajeles que partieron
con las mieles, los tabacos y el café de nuestra sierra,
los bajeles nos trajeron
los bajeles ya volvieron,
las especies y las gemas de los cinco continentes de la tierra.

¡Somos hembras! Hembras duras
en el seno y las caderas:
en las cumbres monolíticas y en las gnéisicas laderas
de las aterciopeladas cordilleras.
Hembras puras
en las vírgenes entrañas
de oro de nuestras montanas.
Y hembras de ubres maternales
en las peñas donde irrumpen los fecundos manantiales
con que la negra nodriza de la sierra
se desborda sobre el humus sediento de la tierra.

¡Somos indias! Indias bravas, libres, rudas,
y desnudas,
y trigueñas por el sol ecuatorial.
Indias del indio bohío
del pomarrosal sombrío
de las orillas del río
de la selva tropical.
Los Agüeybanás y Hatueyes,
los caciques, nuestros reyes,
no ciñeron más corona
que las plumas de la garza auricolor.
Y la dulce nuestra reina Anacaona,
la poetisa de la voz de ruiseñor,
la del césped por alfombra soberana
y por palio el palio inmenso de los cielos de tisú,
no tuvo más señorío
que una hamaca bajo el ala de un bohío
y un bohío bajo el ala de un bambú.

¡Somos bellas! Bellas a la luz del día
y más bellas a la noche por el ósculo lunar.
Hemos toda la poesía
de los cielos, de la tierra y de la mar;
en los cielos, los rosales florecidos de la aurora
que el azul dormido bordan de capullos carmesíes
en la cóncava turquesa del espacio que se enciende y se coloca
como en sangre de rubíes;
en los mares, la gran gema de esmeralda que se esfuma
como un viso del encaje de la espuma
bajo el velo vaporoso de la bruma;
y en los bosques, los crujientes pentagramas
bajo claveles de orquídeas tropicales;
los crujientes pentagramas de las ramas
donde duermen como notas los zorzales…
Todas, todas las bellezas de los cielos, de la tierra y de la mar,
nuestras aves las contemplan en las raudas perspectivas de sus vuelos,
nuestros bardos las enhebran en el hilo de la luz de su cantar.

¡Somos grandes! En la historia y en la raza.
En la tenue luz aquella que al temblar sobre las olas
dijo “¡tierra!” en las naos españolas.
Y más grandes, porque aquí
se conocieron
los dos mundos, y los Andes
aplaudieron
la oración de Guanahaní.
Y aún más grandes, porque fueron
nuestros bosques los que oyeron,
conmovidos,
en el mundo de Colón,
los primeros y los últimos rugidos
del ibérico León.
Y aún más grandes, porque somos: en las playas de Quisqueya,
la epopeya
de Pinzón, la leyenda áurea del pasado fulgente;
en los cármenes de Cuba,
la epopeya de la sangre, la leyenda del presente
de la estrella en campo rojo sobre franja de zafir;
y en los valles de Borinquen,
la epopeya del trabajo omnipotente,
la leyenda sin color del porvenir.

¡Somos nobles! La nobleza de los viejos pergaminos señoriales:
que venimos resonando por las curvas de los siglos ancestrales,
en las clásicas leyendas orientales
y en los libros de los muertos idiomas inmortales.
Nuestro escudo engasta perlas del dolor de Jeremías
y esmeraldas de las hondas profecías
de Isaías.
He aquí el címbalo alado,
más acá de las etiópicas bahías,
que enviara en vasos de árboles al mar
su legado.
Aquí el mundo en otros tiempos humillado,
cuyas cúspides homéricas
fueron nidos de las águilas ibéricas
en sus sueños y en sus ansias de volar.
Nobles por lo clásicas: profetizadas de Isaías,
de Jeremías,
de David, de Salomón,
de Aristóteles, de Séneca y Platón.
Nobles por lo legendarias: góticas, cartaginesas y fenicias,
por las naves que vinieron
de Fenicia y de Cartago y las que huyeron
en España de la islámica invasión.
¡Nobles, nobles! Que venimos resonantes,
por las curvas de los siglos fulgurantes,
hasta el más noble de todos,
hasta el siglo de la raza, de la historia,
del heroísmo, de la fe y la religión,
el más grande de los siglos,
el de América y España,
de Colón y de Pinzón.

¡Somos las Antillas! Hijas de la Antilia fabulosa.
Las Hespérides amadas por los Dioses.
Las Hespérides soñadas por los héroes.
Las Hespérides cantadas por los bardos.
Las amadas y soñadas y cantadas
por los Dioses y los héroes y los bardos
de la Roma precristiana y la Grecia mitológica.
Cuando vuelvan las hispánicas legiones
a volar sobre la tierra como águilas;
cuando América sea América, que asombre
con sus urbes y Repúblicas;
cuando Hispania sea Hispania, la primera
por la ciencia, por el arte y por la industria;
cuando medio mundo sea
de la fuerte raza iberoamericana:
las Hespérides seremos las Antillas,
¡cumbre y centro de la lengua y de la raza!

Las Herpérides, que cuidaban un maravilloso jardín en un lejano rincón del occidente, las Ninfas del Oeste, las Hijas del Titán Atlas

El Pájaro Carpintero y el Pitirre: Consagrados al Dios Viril

915 palabras

Estatua de Marte del Foro de Nerva, en Roma.

En su obra «Cuestiones Romanas», Plutarco señala que el pájaro carpintero (Picus) es sagrado para el Dios Marte porque «es un pájaro valeroso e intrépido, y posee un pico tan fuerte que puede echar a perder una encina cuando los golpes de su pico llegan hasta la médula».[1]

Primero que nada, ¿quién es Marte? Para los antiguos, Marte era principalmente el Dios Bélico, de la Guerra, y sobretodo para la Guerra luchada para asegurar la Paz. Él es el Dios de la protección y el combate («marcial» como de artes marciales viene etimológicamente de Marte), de la osadía, y de la cultura y laboreo del campo, y de tal manera, con funciónes agricultoras, como proteger a la cosecha; existe el poema de los Arvales donde se le pide a Marte que expulse al «luem», con su doble significado de los hongos del trigo y los óxidos rojos que afectan al metal, una amenaza tanto para los implementos agricultivos de hierro como para las armas de guerra.

Junto a, y precediendo, esas funciones, Marte es el Dios de la Virilidad y de la Masculinidad; Marte es para los hombres como Venus es para las mujeres, ya que él encarna a la esencia masculina, la valentía y la energía que se observan en los machos de todas las especies en este mundo, incluyendo en el ser humano.

Regresando al tema principal, el Carpintero es un pájaro muy territorial, que usa su fuerte pico para proteger a sus árboles. Por ende, se decía en la antigua Roma que el pico contenía el poder del Dios Marte para alejar al mal, y se cargaba como amuleto mágico para evitar picadas de abejas y otros insectos, que forman la dieta principal de estos pájaros. En cuanto a la dieta de estas aves, son mayormente insectívoras, por cual razón ellos usan sus picos para taladrar la corteza y entrar a la parte interior de los árboles, en búsqueda de termitas y larvas de insectos que capturan con su larga lengua puntiaguda y rasposa, la cual parece la lanza, instrumento sagrado de Marte. Sin embargo son aves omnívoras y adaptables, con algunas especies almacenando bellotas en agujeros que excavan en troncos de árboles, para tener de comer en el invierno. También usan sus picos para excavar agujeros en los árboles para usarlos como nidos, y luego de desocupar estos nidos otras aves los pueden utilizar.

Pito real (Picus viridis), endémico a casi toda Europa menos la península Ibérica, donde mora otra ave relacionada (Picus sharpei).
Ilustración de la lengua-lanza de los pájaros carpinteros

Los pueblos Latinos evitaban comer la carne de esta ave, por su relación al Dios, y en la tradición del Auspicio, un tipo de augurio muy popular que trataba de adivinar la voluntad de los Dioses tras signos de las aves, se consideraba una de las más importantes y auspiciosas (perdonen la redundancia).

Carpintero Puertorriqueño (Melanerpes portoricensis), ave muy linda del género Melanerpes, el cual incluye otras especies relacionadas que habitan las otras Antillas, incluyendo el Carpintero Dominicano (Melanerpes striatus) y el Carpintero Cubano (Melanerpes supercilialis).

Nosotros en las Antillas también tenemos pájaros Carpinteros (como el que ven arriba), pero además de ellos, tenemos otra especie de ave la cual también parece ser un buen encarnamiento de la esencia del Dios Guerrero: el Pitirre (Tyrannus dominicensis, o «tirano de Santo Domingo»).

Encontrado todo el año en Puerto Rico y Santo Domingo, y entre el 19 de febrero y el 6 de octubre en Cuba (y en Cuba hay otra especie relacionada, el «Tirano Cubano», Tyrannus cubensis), el Pitirre es un pájaro que tiene un pico grande y duro, plumas dorsales grises con una mancha negra detrás del ojo, con las partes inferiores blancas amarillentas y una manchita anaranjada en la coronilla de indivíduos maduros. Se alimentan de insectos y especialmente de abejas, que capturan en vuelos cortos desde una percha, además de comer lagartijos y pequeñas frutas para suplementar su dieta insectívora.

Esta ave se conoce por su canto, que le da su nombre onomatopéyico, tanto en español como en otras lenguas, ya que los indígenas de las Antillas Mayores, los índios Taínos, lo llamaban Guatíbiri. Sin embargo, el Pitirre se reconoce sobretodo por su bravura. El Pitirre es muy celoso con su territorio y más aún con su nido, y cuando pasa un Guaraguao, o Busardo Colirrojo (Buteo jamaicensis), ave mucho más grande, lo pica y lo persigue hasta espantarlo.

Guaraguao (Buteo jamaicensis) perseguido por Pitirre (Tyrannus dominicensis)

Como las aves de presa son sagradas al Dios Tronador, llamado Júpiter por los Romanos, aquí encontramos algo muy similar a lo que decían los antiguos Romanos sobre el pájaro carpintero, ave sagrada al Dios Guerrero que, tras la fuerza de su pico y su determinación, puede tumbar hasta los Robles, árboles también sagrados al Tronador. De la misma manera, el Pitirre, con valentía y determinación, puede espantar a los Guaraguaos, que representan al Tronador.

También hay otra semejanza al pájaro Carpintero en que ambas aves protegen sus árboles, aunque sea por distintas razones: el Pitirre solo los usa como percas, de donde sale a atrapar insectos, mientras que el Carpintero saca su comida de los árboles que defiende.

Para resumir, tanto el Pitirre (y las otras aves tiránidas) como los pájaros carpinteros muestran características que los atan al Dios Viril, cuyo nombre Romano era Marte, pero también era Týr para los Nórdicos, Teutates para los Galos, Ògún para los Africanos Yoruba, Baibrama para los Indios Taínos, y Bandua para los Celtíberos. Como ya se mencionó, este Dios encarna entre otras cosas a la resistencia, aunque sea fútil o aunque sea dificil, y por eso quizás nos convendría intentar imitar más a este Dios, y resistir a la tiranía de la materia, una demasiada común en esta Edad de Hierro, en esta Kali Yuga.

Para concluir, no es por na’ que existe el decir:

«Cada Guaraguao tiene su Pitirre»

Fuentes: